Era glacial

Ayer mi padre salió de alta del hospital. Estuvo en cuidados intermedios un par de días. Probablemente, una vez más, inconscientemente rondó por mi cabeza la idea de la muerte. Tenía un fuerte dolor de cabeza y caí dormido temprano, casi a la misma hora que mi hijo.

Soñé mucho. Soñé que se anunciaba una era glacial y que el mundo acabaría en tres días, así de rápido. De alguna manera estaba solo con mi hijo. Había mucho caos alrededor, pero nosotros caminábamos calmadamente de la mano, él así de chiquito como es. Mirábamos siempre al frente, como pausados, idos, callados, pero tranquilos, conectados con nosotros, con la vida, con un no sé qué (¿Dios?). Pasaban los días y cada vez hacía más frío, llegué a ver los labios de mi hijito medio azulitos. Pero de vez en cuando, cuando nos mirábamos, nuestra mirada era cómplice y confiada. Como si con el hecho de haber vivido, ya habíamos ganado. El cielo se iba tornando de colores muy extraños pero bellos. Muchos azules, naranjas, violetas, rojos. Yo le hacía ver a Diego el cielo. De alguna manera, sin hablarle, me comunicaba con él y le decía que el cielo y hasta el frío eran hermosos, que los disfrute. Que vivir, así sea por corto tiempo, valía la pena.

Al cuarto día, cuando ya no dábamos más, salió el sol. Un solo que quemaba y nos abrigaba. Volvimos a mirarnos y la confianza seguía intacta. Esbozamos una sonrisa y seguimos caminando, siempre de la mano.

A veces me sorprendo a mí mismo pensando como un anciano. Probablemente tenga el alma vieja como a veces me dicen, no lo sé. Pero lo cierto es que en la caminata de la mano con mi hijo, seguros de todo, confiados, me encontraba ya vivido, tranquilo, en paz, como si tuviera el doble de mi edad y haya llevado una vida plena. Y en realidad, muchas noches, duermo pensando que eso verdad.

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02 de marzo de 2016

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