FRANCOTIRADOR

El grupo está frente a ti, inocente, inconsciente de que ya lo tienes en la mira, con sus alegrías y sus abrazos. No paran de moverse. Hay dos que caminan de la mano y te reconoces en sus miradas enamoradas que duran pocos segundos pero que sin embargo son eternas. Te enternece la mirada lejana de la abuela que está callada y flotando porque está llena de amor. Te maravillas con la mirada profunda y gris del bebe que, si la ves claramente, guarda un universo entero. Esas miradas duran fracciones de segundo, pero para ti son largos minutos. Las entiendes. Las esperas. Las encuentras. O quizás ellas te encuentran a ti, siempre lista, atenta, con tu arma cargada de amor y con tu corazón que entiende de amor y que por eso es capaz de capturarlo todo.

Y entonces te dejas maravillar. Observas. Intuyes. Disparas. En ese momento en tus oídos todo es silencio, aunque afuera todo sea ruido, risas, palabras. El disparo es certero. No pudo ser más exacto. Llega directo al corazón del contrario. Pero, cosa rara, el contrario sigue en pie, sonriendo y moviéndose, indiferente. Es que no te han visto. Buscabas invisibilidad y lo lograste. No sabe que ha sido interceptado en su mismo centro y que ya no hay salida. Y luego de ese disparo, el primer disparo, con el que te das cuenta que tienes ganada la batalla y flanqueado al que está al frente, disparas a discreción, llevada por una música que ya te la sabes, pero que es música de esta batalla, porque para cada una hay que bailar una música diferente. Ya venciste y comienzas a encerrarlo todo, lo que te muestran y lo que te mantienen oculto, porque tú y tu cámara de amor lo ven todo.

Y así como el francotirador quiere ganar la guerra, tú quieres ganarle a la vida, y con tus fotos quieres gritarle y declararle que siempre hay momentos mágicos que solo con magia se pueden capturar, encerrar y atesorar para siempre. Y eso haces tú, mágicamente, mi amor.


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